Cinco momentos para no traducir

1.) No traduz­ca si el cielo está nubla­do y ust­ed no puede ver la exten­sión del hor­i­zonte y sea inca­paz de notar su desapari­ción entre el cielo y el mar. No sabrá ust­ed de la ampli­tud de mun­do que desconoce, del col­or y tem­per­atu­ra de esa geografía a la que se debe acer­car y; sin embar­go, dejar aje­na, dejar­la un poco otra, dejar­la un poco en su pro­pio tono. A eso le digo mis­te­rio o prag­máti­ca de la alteri­dad.

Algo así des­cubrió Emi­ly Dick­in­son en su lápiz cuan­do trata­ba de sosten­er una ima­gen poéti­ca que replicara su pre­ocu­pación:

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Low at my prob­lem bend­ing,
Anoth­er prob­lem comes —
Larg­er than mine— Seren­er —
Involv­ing state­lier sums.
 
I check my busy pen­cil,
My fig­ures file away.
Where­fore, my baf­fled fin­gers
Thy per­plex­i­ty?
(The Com­plete Poems of Emi­ly Dick­in­son, Back Bay Books, 1961)
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Aba­jo donde mi prob­le­ma se incli­na,
Otro prob­le­ma viene —
Más grande que el mío— Más sereno —
Envolvien­do sumas majes­tu­osas.
 
Revi­so mi lápiz dili­gente,
Mis fig­uras se encar­petan.
¿Por qué, mis dedos descon­cer­ta­dos
Vues­tra per­ple­ji­dad?
(tra­duc­ción mía)

2.) No traduz­ca si el ansia del ham­bre no le deja con­cen­trarse y quiere devo­rar esa pági­na que no es suya, esa idea y todo su bor­de con­fi­ta­do; cuan­do lo úni­co que quiere es dis­olver ese dulce ajeno en su lengua y dejar desa­pare­cer ese olor inigual­able de pan recién hornea­do en su boca. ¿No sabe ust­ed que tra­ducir es quedar en vilo, quedarse con las ansias de sabore­ar esa fibra de otro rit­mo? Lo más impor­tante es repro­ducir ese anto­jo; es decir, proyec­tar ese apeti­to por la pieza que tra­duce en el lec­tor. A eso le dec­i­mos con­tención gen­erosa de la vol­un­tad de uno mis­mo y propa­gación de la espera, o tarea de quien instruye en el deseo de fru­tos más allá del hor­i­zonte.

3.) No traduz­ca si no está acos­tum­bra­do a sortear dis­tan­cias, no sopor­tará cam­i­nar por la cade­na mon­tañosa sin que­jarse, le san­grarán las plan­tas de los pies antes que la cues­ta le traiga ver­bos nuevos; y, por el esfuer­zo exce­si­vo, su diafrag­ma no sabrá qué hac­er. Ust­ed se perderá los escarpa­dos des­cubrim­ien­tos, porque el vien­to nove­doso será implaca­ble. A eso le lla­mamos buen pul­món-tra­duc­tor y resisten­cia mus­cu­lar para la tarea translin­gual, que se aso­mará a cada instante, mien­tras escoge ust­ed la pal­abra, esa ben­di­ta pal­abra que tar­da horas en ubicar.

4.) No traduz­ca si teme a las alturas, no podrá con­frontar el vue­lo de los cón­dores, rego­ci­jarse en el vér­ti­go, en la últi­ma con­tor­ción por alcan­zar el otro trapecio: que se ale­ja siem­pre, que se va hacia su dic­ción remo­ta; no podrá ust­ed sosten­er el alien­to; ni dejar cristalizar el cora­je para hac­er equi­lib­rio sobre la cuer­da flo­ja de la pal­abra entre dos oril­las, porque eso indi­ca que ust­ed tiene miedo a la muerte y tra­ducir es morir un poco para hac­er retoñar en esta tier­ra esa plan­ta lejana. A eso le lla­mamos destreza al aire libre, salto sin garan­tía y sobre­salto nue­vo que bro­ta en la inqui­etud de la jun­tu­ra de dos lenguas.

5.) No traduz­ca si no sabe perder la vergüen­za, si se ruboriza por el error, madre de toda novedad, encuen­tro ines­per­a­do a la vuelta de la esquina; es decir, abstén­gase si no sabe hac­er de lo erra­do un ter­reno fér­til. El error es la rajadu­ra en el vidrio que indi­cará que toda tra­duc­ción está incom­ple­ta y debe señalar su propia imper­fec­ción con cier­to orgul­lo, porque esa gri­eta es el espa­cio nece­sario para crear. Hablo de las famosas pér­di­das en la tra­duc­ción, que son más bien opor­tu­nidades de nuevas miradas. Imag­i­nar­i­a­mente, diríamos que se explici­ta esta necesi­dad de gri­eta en el poe­ma 288 de Dick­in­son, donde una pal­abra le habla a su ami­ga sobre su repu­dio a que la defi­nan, le señala que le parece de mal gus­to que la lim­iten semán­ti­ca­mente y que si ten­dría que rehac­erse sería sólo ausen­cia:

288
I’m Nobody! Who are you?
Are you —Nobody— Too?
Then there’s a pair of us!
Don’t tell! they’d adver­tise —you know!
 
How drea­ry —to be— Some­body!
How pub­lic —like a Frog—
To tell one’s name —the live­long June—
To an admir­ing Bog!
(The Com­plete Poems of Emi­ly Dick­in­son, Back Bay Books, 1961)
288
¡Yo soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Tú eres —Nadie— Tam­bién?
¡Entonces hay un par de nosotros!
¡No lo digas! ellos lo propa­garían –¡tú sabes!
 
¡Qué triste —ser— Alguien!
Cuán públi­ca —como una Rana—
Decir el nom­bre de una —Junio la longe­va—
A un Pan­tano admi­rador!
(tra­duc­ción mía)

Traduz­ca cuan­do quiera ser nadie, cuan­do pue­da dejarse a sí mis­ma un poco de lado; y, no obstante, se reconoz­ca en la otra lengua, un poco vaci­a­da, pero dis­pues­ta a ser Nadie con ust­ed tam­bién.

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